Sophie
Supongo que
éramos como polos opuestos. Igual sería mejor quitar el “como”. Caminábamos en
direcciones contrarias y en algún punto, casualidades del destino, nos encontramos. Quizá nuestro error
fue pensar que podíamos cogernos de la misma cuerda y seguir andando. Llegó un punto
en que ésta se tensó en exceso y caímos hacia atrás, de espaldas. De un
batacazo.
No es que no
me quisiera. No es que yo no le quisiera a él, ¡qué va! Al contrario… Me temo
que le quería demasiado. Y Dios sabe que tengo ese don divino de preocuparme tanto que dicha preocupación acaba
convirtiéndose en mi paranoia.
Un delirio,
claro. Un delirio que me habría gustado que fuera de grandeza; mas yo sentía
que cada vez me volvía más pequeña y más triste. Que cuanto más cerca le tenía,
más lejos le acababa percibiendo.
Supongo que
yo tiré con más fuerza de aquella soga fortuita. Y también supongo que la caída fue
especialmente dura para él. Convertimos la distancia
emocional en la invitada de honor en nuestras cenas y citas. Una distancia
que terminó convirtiéndose en un muro de cristal que nos hacía siluetas
invisibles, que nos había vuelto ciegos y sordos, autómatas en una relación como nosotros mismos: marchita.
Él no supo
hablar y yo no quise escuchar que aquello no había sido tan perfecto. Ambos
consentimos que se hundiera el barco que un día nos había llevado a puertos felices,
finalmente sólo luchando por sobrevivir, por ver quién encontraba la tabla de
Rose y no se ahogaba el primero.
Supongo que
éramos polos opuestos. Ojalá hubiésemos sabido llevar mejor nuestras lluvias y
nuestros tornados. Ojalá hubiésemos sabido ser un invierno para un verano.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario