lunes, 8 de septiembre de 2014

Historias de amor.

Sophie

Supongo que éramos como polos opuestos. Igual sería mejor quitar el “como”. Caminábamos en direcciones contrarias y en algún punto, casualidades del destino, nos encontramos. Quizá nuestro error fue pensar que podíamos cogernos de la misma cuerda y seguir andando. Llegó un punto en que ésta se tensó en exceso y caímos hacia atrás, de espaldas. De un batacazo.

No es que no me quisiera. No es que yo no le quisiera a él, ¡qué va! Al contrario… Me temo que le quería demasiado. Y Dios sabe que tengo ese don divino de preocuparme tanto que dicha preocupación acaba convirtiéndose en mi paranoia.

Un delirio, claro. Un delirio que me habría gustado que fuera de grandeza; mas yo sentía que cada vez me volvía más pequeña y más triste. Que cuanto más cerca le tenía, más lejos le acababa percibiendo.

Supongo que yo tiré con más fuerza de aquella soga fortuita. Y también supongo que la caída fue especialmente dura para él. Convertimos la distancia emocional en la invitada de honor en nuestras cenas y citas. Una distancia que terminó convirtiéndose en un muro de cristal que nos hacía siluetas invisibles, que nos había vuelto ciegos y sordos, autómatas en una relación como nosotros mismos: marchita

Él no supo hablar y yo no quise escuchar que aquello no había sido tan perfecto. Ambos consentimos que se hundiera el barco que un día nos había llevado a puertos felices, finalmente sólo luchando por sobrevivir, por ver quién encontraba la tabla de Rose y no se ahogaba el primero.

Supongo que éramos polos opuestos. Ojalá hubiésemos sabido llevar mejor nuestras lluvias y nuestros tornados. Ojalá hubiésemos sabido ser un invierno para un verano.



The June. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario