viernes, 28 de febrero de 2014

Historias de amor.

Javier e Inés

Puede parecer absurdo, pero es totalmente cierto: en el mundo vivimos miles de millones de personas y hay una que, de pronto, se convierte en luz.

Cada vez que la veía, sonreía. No sé si era ella, que brillaba por sí sola o el sol de verano que la hacía relucir por encima de cualquier otra. Quizá era su sonrisa. O su mera presencia.

Éramos distintos.

Éramos muy diferentes.

Y, aun así, mi corazón latía al verle, como si fuera una señal de que no importaba el mañana.

Mi mundo era otro cuando aparecía ella.

Era mi cómplice y mi protector, siempre a punto para sacarme una sonrisa. Aunque hubiera tormenta o un diluvio. Aunque sintiera que su día había sido peor que el que había podido tener yo. Si le llamaba, lo dejaba todo.

No importaba que fuera de noche o de día, cualquier momento era el adecuado para verla, para hacerla reír. Aquel era el mejor regalo, por el que estaba dispuesto a dejarlo todo.

Pero yo estaba rota. ¿Sabes? ¿Como cuando se cae un jarrón al suelo e intentas recomponer los trozos para recuperar tu fantástica pieza, a sabiendas de que probablemente no volverá a ser igual? Pues así, rota.

A veces, querer no es suficiente. No supimos entendernos. No supimos comunicarnos. Y todo se convirtió en un círculo vicioso del que no supimos salir, hasta que se volvió tóxico para ambos. Donde había ternura, pasó a ver tensión. Y frialdad, y distancia.

De todas las cosas que me hacían daño en aquel momento, prescindí de la que más me aportaba como persona. Y sé que no actué bien.

Se rompió… Todo lo que teníamos. Se fue perdiendo y no supe reaccionar. Para cuando lo hice, sentí que sólo empeoraba la situación. Que la perdía…

Le echo de menos. Eso es inevitable.

Y la echo de menos. Siempre.





The June. 

martes, 25 de febrero de 2014

Psicología para todos.

SÍNDROME DE TOURETTE

Mike tenía siete años cuando, por primera vez, me lo encontré en un parque persiguiendo a un grupito de palomas despistadas. El pequeño llamó mi atención no sólo porque tenía unos preciosos ojos azules como el cielo de verano, sino porque de vez en cuando voceaba alguna palabra obscena* que parecía salir de él de forma totalmente involuntaria.

Y, en cuanto me acerqué a hablar con él, lo comprendí. Me miraba fijamente y cada pocos segundos me guiñaba un ojo, siempre el mismo. Al principio pensé que estaba hablando con un futuro conquistador nato, pero pronto entendí que en realidad me enfrentaba a uno de sus tics. También se encogía de hombros con frecuencia, de manera incontrolada.

Me contó que en el colegio le miraban como si fuera extraño. Al parecer, resultaba ser un tanto así para los demás. Era consciente de cuáles eran sus tics y podía llegar a controlarlos durante el tiempo que duraba una clase, mas suponía un esfuerzo enorme y  - me confesó – tarde o temprano acababan volviendo. A veces con mayor intensidad. 

Siempre tengo miedo. Y cuando me pongo nervioso, todo es peor. Me dio a entender que sus tics se veían amplificados por situaciones que le estresaban o le hacían sentir mal consigo mismo o con su entorno. Y, aparentemente, el divorcio de sus padres había sido una de esas situaciones que había propiciado una pérdida casi total de la voluntad que Mike ejercía para tratar de evitar sus tics.

A mí no me molestan, pero creo que es un poco raro hablar conmigo. Sus compañeros de clase podían llegar a sentirse un tanto incómodos entre guiños y encogimientos de hombros. Tampoco debían ser demasiado agradables los insultos inesperados. Aun así, Mike había entablado una bonita amistad con dos hermanas gemelas que, ante todo, se reían con él y le hacían sentir como debería hacerlo cualquier otro niño. Feliz

Una vez me preguntó: ¿crees que algún día podré ser normal? Yo le respondí que no. Porque no existe la gente normal. Todos tenemos miedos, todos tenemos preocupaciones, todos tenemos momentos tristes. Y todos somos distintos, eso es lo que importa.

Sé a lo que te refieres y no debes preocuparte; desaparecerán con el tiempo.

Él me sonrió. Y prometió buscarme en unos años para demostrarme que todo habría cambiado. Que sus miedos habrían volado como los dragones de los cuentos y se habrían llevado a sus enemigos consigo. 

Y, a decir verdad, volvimos a encontrarnos. Él acababa de cumplir diecinueve años y nada tenía que ver ya con el Mike que conocí más de diez años atrás. Me contó que sus padres le llevaron a terapia, y que  - no sin esfuerzo - poco a poco consiguió dejar los tics a un lado. 

Un día me di cuenta de que ya no guiñaba el ojo, y ni siquiera tenía que pensar en no hacerlo. Me sentí alguien nuevo. Ya no era "raro".

Estudiaba, salía con amigos y había conocido a una chica a la que guiñaba el ojo a voluntad.

Intenté recordar lo que tú me dijiste aquel día en el parque. Y lo primero que hice fue tratar de perder el miedo a todo y aprender a vivir. Pero… siempre he tenido curiosidad, ¿por qué te acercaste a hablar conmigo?

Le sonreí y le dije, en primer lugar, que me sentía verdaderamente orgullosa de él. Y, respondiendo a su pregunta,  que sus insultos a las palomas habrían llamado la atención de cualquiera.

Aunque, en realidad, pregúntate si habría hecho lo mismo de no haberte visto corriendo con los pantalones bajados...



El síndrome de Gilles de la Tourette es un trastorno de tics (movimientos o vocalizaciones involuntarias, repetitivas y estereotipadas) (Jankovic, 2001; Leckman et al., 2001).

Es un trastorno neurológico, que no psicológico – aunque, como se puede observar en el caso de Mike y en otros muchos ejemplos, sus implicaciones a nivel psicológico son notables (baja autoestima, problemas de ansiedad, etc.) –.

Algunos tics son crónicos, aunque otros desaparecen después de la adolescencia. La levedad o gravedad del tic, así como su mayor o menor complejidad influyen en esta desaparición parcial o total.

*Coprolalia: Uno de los tics más frecuentes en este síndrome, que consiste en lanzar obscenidades con relativa frecuencia.




The June. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Habla la experiencia...

... del tiempo medido en una cucharada de azudiabetismo

Querida zusje,

Te escribo porque no hacerlo sería engañarte al no decirte todo lo que pasa por mi mente cuando pienso en lo que hemos sido y somos tú y yo.

Creo que sabes bien por qué lo hago hoy. Todo empezó con una lista que nos mandaba a las dos al mismo lugar. 


Continuó sobre dos ruedas:

 Entre achuchones:

 Con mucho estilo asiático:

 Con preciosos atardeceres:


Rodeándome de flores:



Con tardes de filosofar y del postureo propio de El Palacete:


Y de romper cosas:



 Con mucho glamour:



Con una preciosa Navidad:




Con viajes inolvidables:



Pero, sobre todo… Con mucho, mucho amor:













Hace poco hablábamos de lo injusto que nos parecía que sólo hubiesen pasado dos años desde que nos conocemos. Pienso que todavía podría ser más injusto si nunca nos hubiéramos encontrado.
Porque existir, pienso que sabíamos que existíamos. Esas cosas se saben: que debe haber alguien ahí fuera que te entienda como nadie más, aunque te mire a los ojos y te sonría para decirte que estás loca.

Seguro que alguna vez en nuestras vidas nos habíamos cruzado antes, quizá hasta nos habíamos sonreído. Lo que está claro es que cada persona tiene una conexión azudiabética adjudicada y nosotras hemos cubierto nuestro cupo.

Quiero brindar contigo por estos dos años y por los que nos quedan. De mí no te libras ya ni queriendo.

Te quiere (∞),


Ir. 



The June. 

Psicología para todos



SELFIE


Selfie es la foto que uno se realiza a sí mismo y que cuelga en las redes sociales. Su uso se ha extendido de forma tan masiva que fue elegida como palabra del año por los diccionarios Oxford de lengua inglesa en 2013. Alargar el brazo para tomarse una auto-fotografía parece ser la modalidad de los selfies más clásicos, sin olvidar el tradicional espejo espejito mágico.
 

Hacerte Selfies es muy útil: aprendes que los espejos y los flashes son íntimos enemigos, cuál es tu “lado bueno” para posar, y hasta a hacer caras de pato sexys. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando esas fotografías no cumplen los estándares que nos habíamos marcado “de me gustas”? No hay nada de malo en hacernos fotografías a nosotros mismos, y mucho menos en reconocer lo estupendos que estamos en ellas, el problema radica cuando aparece esa necesidad de aprobación de los demás. 


La autoestima constituye unos de los factores fundamentales del bienestar socio-emocional. Influye en aspectos tan importantes como la sociabilidad o el rendimiento académico y se forma fundamentalmente durante la infancia y adolescencia. Por ello dejarla en manos de lo que pueda gustar o dejar de gustar en nuestras fotos de las redes sociales parece inapropiado cuanto menos. Este uso puede ser peligroso, se han realizado estudios que subrayan que un uso excesivo de estas redes sociales puede predisponer a la aparición de patologías como la ansiedad o depresión. 


Sin embargo, no tiene que tomarse únicamente por el lado negativo, este tipo de modalidad también ayuda a que nos conozcamos más a nosotros mismos, a que formemos nuestra identidad y nos mostremos al mundo. Las fotos se utilizan para compartir estados de ánimo y emociones, para estar más cerca de las personas que queremos en un solo clic. 

Una autoestima fuerte implica conocer tanto tus puntos fuertes como tus débiles, tener una visión realista de uno mismo y no depender de los pulgares hacia arriba de los demás para ser felices. 

                                                                                             The June

viernes, 21 de febrero de 2014

Historias de amor.

Leonor

Ella. 

Cuando la conocí era mi amiga, mi aliada. Alguien en quien confiar. Siempre fue muy suya y muy mía, un poco de las dos. Pero jamás pensé que me robaría el sueño como llegó a hacerlo.

Ella.

La miraba y me veía reflejada. Lo veía todo, y todo lo tenía, porque estaba en su cuerpo, en su alma entera.

Ella. Simplemente, ella.

Nunca se había enamorado así, ni yo había conocido a nadie igual. Era una conexión distinta, única. Me hacía sentir especial. De repente, llenaba mis días con su mera presencia. Era calma, era tranquilidad y era locura. Era todo lo que era y lo que no era yo.

Me encantaba mirarla, a todas horas. Cuando se dormía, mientras dormía, cuando despertaba. La abrazaba para sentirla cerca, para no perderla. Siempre era bella; siempre era ella.

Y, al tiempo que disfrutaba observándola, me invadía una sensación de certeza absoluta, un vacío. La sensación de saber que, como todo en esta vida, no sabía cuántos de los días contados había invertido ya en contemplarla.

Nada es infinito en esta vida, al parecer. Y quizá fue ese pensamiento el que llevó nuestro amor del infinito a lo finito, de lo incontable a lo contable, de lo paciente a lo temeroso. Convirtió en silencios nuestra voz.

Y se acabó. Terminamos siendo dos extrañas cruzándose por los pasillos de un piso compartido que pedía a gritos la reconciliación que nunca llegó. El amor irracional se había cansado de nuestras evidencias racionales y había cogido la maleta, para dejarnos en la estacada con los pocos recuerdos felices que en aquel momento de rencor podíamos rescatar.

La quería. La quería tanto que dolía cada palabra, cada mirada, cada gesto que me dedicaba, ya sin ser ella.

Y así fue como la vi marchar una mañana. Quizá fue entonces cuando asumí que hacía tiempo que se había marchado, aunque siguiera encontrándomela cada día a diez centímetros de mí. Y que no volvería. Ni yo sería capaz de salir a buscarla.

Pero si hay algo de lo que no me cabe duda, es que nunca olvidaré cómo eran los amaneceres a su vera. Aunque los años consigan borrarla de mi cabeza.


The June.


lunes, 17 de febrero de 2014

Habla la experiencia.

Ya nadie escribe cartas de amor…


¿Qué queréis que os diga? A mí me encanta escribir. Y, por supuesto, disfruto muchísimo haciéndolo en este blog para todos y todas los y las que habitualmente lo seguís. Pero, sobre todo, disfruto mucho escribiendo… ¡A mano!

Y me gusta escribir cartas. Hala, ya lo he dicho. Esperad, esperad, que las nuevas generaciones quizá estéis en un momento de shock porque es posible que entre whatsapps, tweets, mensajes en Facebook y correos electrónicos no sepáis de lo que os estoy hablando. Tranquilos.

Debo reconocer que mi reacción fue harto similar cuando escuché hablar del pergamino, el papiro, ¡o la piedra! Es impresionante, ¿no? La gente pasaba media vida cincelando una roca para dejar un mensaje… Cosa que resulta, cuanto menos, laboriosa.

Desde luego, comprendo que mandar whatsapps es mucho más rápido e indoloro que enviar piedras, para qué nos vamos a engañar. Pero ninguna de las dos cosas alcanza la riqueza visual y emocional que tiene enviar una carta.

Os voy a proporcionar un tutorial verbal para que podáis descubrir este maravilloso mundo. Veréis, para empezar necesitaréis una hoja de papel. Puede ser blanco o de colorines, depende de tu estado emocional, la formalidad que quieras expresar, el día de la semana o tu ciclo menstrual.

En ese trozo de papel vais a expresar con palabras algún tipo de pensamiento o sentimiento hacia otra persona. Una carta puede ser una declaración de amor o un poema. Puede ser un mensaje que diga: te echo de menos. Puede ser una felicitación de cumpleaños o de cualquier otro tipo de evento en el que quieras compartir la felicidad. Puede ser una purga de emociones negativas. Puede ser una petición de ayuda. Puede ser el empuje que haga crecer a tu yo.

Las palabras son frágiles y vuelan. Cada persona puede comunicar y comunica un sentimiento de una forma totalmente distinta a como lo haría otra. Y eso es lo que nos enriquece, lo que nos alimenta.

No solamente cuenta la forma de decir las cosas como un marcador de diferencias individuales, sino también cómo lo escribimos. Nuestra caligrafía nos define, y de una forma u otra, describe sutilmente algunos rasgos de nuestra personalidad.

A veces nos comunicamos por escrito con personas a las que nunca hemos visto en persona o nunca hemos tenido la oportunidad de abrazar. Y, sin embargo, haber leído su letra nos ha permitido sentirla más cerca, como si estuviera con nosotros en el momento en el que leemos sus trazos sobre el papel. Por eso, las cartas son abrazos que se dan con la mirada.

Pero no podemos enviar una carta sólo mediante el papel. Se perdería, se rompería o incluso, el contenido del mensaje podría resultar dañado en el trayecto hacia su destino. Éste es el motivo por el que utilizamos un sobre. El sobre es el soporte – suele ser también de papel – en el que almacenamos el papel escrito para protegerlo del posible daño que pueda sufrir. Además, cumple con una función claramente orientadora, puesto que es en este emplazamiento donde se escribe la dirección a la que queremos que nuestro mensaje llegue sano y salvo.

Y, por supuesto, para que esto suceda es necesario pagar un precio: el sello. Hablamos de una pequeña estampa que se coloca en la parte superior derecha del sobre, una vez escrita la dirección, y que permite que el mismo llegue a su destino. El precio, como es de esperar, oscila en función del lugar de destino de nuestro mensaje, puesto que no es lo mismo enviar un mensaje a nivel nacional que internacional.

Éstas son las instrucciones básicas para la elaboración de una carta. No obstante, sobra decir que esto realmente constituye la estructura física común a todas ellas, y que es el contenido lo que hace que cada una sea especial y diferente al resto.

Dicen que para escribir cartas hace falta tener un cierto talento. Yo creo que sólo hace falta motivación. La motivación de sorprender, de ilusionar, de emocionar. De hacer algo que a día de hoy es totalmente distinto. De mostrarse de una forma mucho más cercana y más natural.

Me pregunto en qué momento empezó a perderse este arte, esta forma de comunicarse. Me preguntó cuándo el olor del papel perdió su significado o cuándo el aroma y el color de la tinta sobre el papel dejaron de llamar nuestra atención. ¿Cuándo dejamos de escribir te quiero de nuestro puño y letra?

Porque todos podemos abrir un documento de Word y seleccionar el tipo de letra que más nos gusta. Todos podemos elegir palabras bonitas y que suenan bien en un texto cualquiera. Todos podemos escribir en pocos minutos un e-mail.

La nuestra es una sociedad que vive deprisa, eso es cierto. Pero para lo verdaderamente satisfactorio deberíamos encontrar siempre tiempo. No quiero decir con esto que escribir una carta entre en la lista de las cosas más satisfactorias del mundo, pero es una total y absoluta muestra de amor, del tipo que sea.

Y os puedo asegurar que la ilusión de abrir una carta de alguien que quieres nunca igualará la de leer un whatsapp o un tweet de esa misma persona. Habla la experiencia.


The June. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Psicología para todos.

ANSIEDAD

“Sólo de pensarlo me pongo malo/a”, proverbio común.

Ansiedad, ansiedad, ansiedad. Todos hablamos de ella y, a menudo, parece que el simple uso de la palabra despierte en nosotros una mayor cantidad de síntomas que cualquier otro motivo en sí mismo.

¿Es como el miedo? No exactamente. La ansiedad y el miedo son hermanos. Por esta razón son bastante parecidos, y al mismo tiempo se pueden diferenciar con relativa facilidad.

Ahora que hemos pasado el periodo de exámenes, me parece adecuado poneros ejemplos relacionados, para que los veáis con otros ojos y así no dar pie en vosotros a la emoción de la que estamos hablando.

Imaginad que llegáis felizmente – el felizmente es muy importante – a clase una mañana y os encontráis, de repente, con que vuestro/a amigo/a os comunica que justo en esa hora, de ese día, de ese periodo del año hay un examen. Tú, que confías en tu memoria infalible y vives al límite sin utilizar una agenda, te quedas con la siguiente cara:



Pero, realmente, lo que experimentas es miedo. No has podido anticipar la situación y lo que sucede es que se desencadena una reacción de alarma en base al estímulo en presente.

La ansiedad, por otro lado, destaca por su componente anticipatorio. Ansiedad es lo que sufrimos muchos estudiantes en periodo de exámenes, cuando percibimos cierta falta de control o de predictibilidad en los eventos que se nos vienen encima, especialmente porque solemos focalizar la atención en aspectos negativos o peligrosos relacionados con estos exámenes – o con cualquier otro estímulo – que retroalimentan el ciclo de emociones negativas. La ansiedad, por tanto, se orienta al futuro y se caracteriza por la falta de control.

La ansiedad se manifiesta en tres niveles distintos: cognitivo, fisiológico y conductual, que están relacionados y pueden influirse entre sí. Por ejemplo, la preocupación (componente cognitivo) excesiva por un examen puede desencadenar una fuerte activación fisiológica a nivel respiratorio, cardiaco, etc. que provoque a su vez una respuesta conductual de llanto, de no poder para de caminar de un lado a otro, o de levantar la voz – gritar-.

La preocupación es el componente cognitivo más importante en la ansiedad. Básicamente, es el pensamiento repetitivo, intrusivo y difícil de controlar sobre posibles resultados negativos. Por ejemplo: Me va a caer diseños de investigación en Psicología y me la llevo a junio.

Ésta es la viva imagen del ansioso/a:



Hasta aquí, todo es normal. La ansiedad no tiene porqué ser una reacción problemática porque nuestra mera condición de seres humanos nos permite anticipar eventos futuros.

Entonces, ¿cuándo la ansiedad es patológica? Fundamentalmente, cuando la persona percibe que esta reacción ocurre con tanta frecuencia o intensidad que desencadena en ella una incomodidad significativa o interfiere de forma importante en sus actividades diarias.

Algunos de los síntomas más comunes son las náuseas, temblores, sensación de ahogo, dolor muscular, pensamientos negativos y repetitivos, o insomnio. Seguro que ésta última la conoces bien.

¿Cómo se puede tratar la ansiedad? Una de las terapias más efectivas en el tratamiento de la ansiedad es la terapia cognitivo-conductual. El objetivo de la misma es, fundamentalmente, intentar que la persona cambie su tendencia de pensamiento negativa hacia una más positiva y menos intrusiva, de forma que el ciclo de activación cognitivo-fisiológico-conductual pierda progresivamente su círculo de retroalimentación.

En definitiva, la clave no está solamente en qué pensamos, sino en cómo lo pensamos.


The June.