Javier e Inés
Puede parecer absurdo, pero es totalmente cierto: en el mundo
vivimos miles de millones de personas y hay una que, de pronto, se convierte
en luz.
Cada vez que
la veía, sonreía. No sé si era ella, que brillaba por sí sola o el sol de verano
que la hacía relucir por encima de cualquier otra. Quizá era su sonrisa. O su
mera presencia.
Éramos distintos.
Éramos muy
diferentes.
Y, aun así, mi corazón latía al verle, como si fuera una señal de
que no importaba el mañana.
Mi mundo era
otro cuando aparecía ella.
Era mi cómplice y mi protector, siempre a punto para sacarme una
sonrisa. Aunque hubiera tormenta o un diluvio. Aunque sintiera que su día había
sido peor que el que había podido tener yo. Si le llamaba, lo dejaba todo.
No importaba
que fuera de noche o de día, cualquier momento era el adecuado para verla, para
hacerla reír. Aquel era el mejor regalo, por el que estaba dispuesto a dejarlo
todo.
Pero yo estaba rota. ¿Sabes? ¿Como cuando se cae un jarrón al
suelo e intentas recomponer los trozos para recuperar tu fantástica pieza, a
sabiendas de que probablemente no volverá a ser igual? Pues así, rota.
A veces, querer no es suficiente. No supimos entendernos. No
supimos comunicarnos. Y todo se convirtió en un círculo vicioso del que no supimos
salir, hasta que se volvió tóxico para ambos. Donde había ternura, pasó a ver
tensión. Y frialdad, y distancia.
De todas las cosas que me hacían daño en aquel momento, prescindí
de la que más me aportaba como persona. Y sé que no actué bien.
Se rompió…
Todo lo que teníamos. Se fue perdiendo y no supe reaccionar. Para cuando lo
hice, sentí que sólo empeoraba la situación. Que la perdía…
Le echo de menos. Eso es inevitable.
Y la echo de
menos. Siempre.
The June.
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