domingo, 9 de febrero de 2014

Historias de amor.

Martina


Salía de una relación tortuosa que nos había llevado a los dos por la calle de la amargura. Se había transformado en un ni contigo, ni sin ti, en un odioso todo o nada.

Había llegado al punto de que nos necesitábamos constantemente, pero ya con el significado totalmente negativo de la palabra. Era enfermizo. Era no saber estar sin él, ni con él tampoco. Nos estábamos haciendo daño.

Y nos costó verdaderamente separarnos. Nos habíamos encadenado con tanta fuerza en nuestros buenos tiempos que habíamos olvidado dónde dejamos las llaves para liberarnos en caso de emergencia. Por eso, cuando se terminó aún nos veíamos de vez en cuando. Nos veíamos, nos besábamos y hacíamos el amor, como si todo siguiera como al principio.

Pero estábamos rotos, y ya no había forma de que ninguno de los dos pudiera arreglar al otro. Nos costó verdaderamente separarnos, aunque al final pudimos decirnos adiós.

Y empecé a vivir, libre. Disfrutando de una libertad que me permitía conocer otros mundos. A otras personas. Descubrir otras mentes y otros cuerpos. Y durante un tiempo fui feliz. Sentía que, por fin, estaba haciendo lo que yo quería: no depender de nadie.

Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que no me sentía del todo satisfecha con lo que hacía. Me parecía totalmente absurdo, pues era libre, podía hacer realmente lo que yo quisiera. Pero cuanto más libre era, más prisionera me sentía de mí misma. Presa de estar partiendo mi alma en pedazos que iba entregando despreocupadamente a decenas de personas que se cruzaban en algún momento en mi camino. En algún atardecer o anochecer alocado, ninguno cargado de la suficiente emoción de amar, a decir verdad.

Cuando me di cuenta, sentí que estaba perdiendo mi propia esencia. Me estaba perdiendo a mí misma. En aquellos chicos con los que pasaba algún rato, en realidad buscaba desesperadamente un amor sincero. Un amor que hasta la fecha no había encontrado y que, además, me perseguía en mis peores sueños.

Por ello,  decidí encontrarme antes de perderme del todo y frenar. Pararme a pensar y a observar lo que estaba sucediendo y cómo me sentía al respecto. Decidí dejar de sufrir por amores pasajeros, así como dejar de buscar a la desesperada ese amor. Decidí entregar mi mente y mi cuerpo sólo cuando realmente sintiera que quería hacerlo, y no presionada por mi maravillosa libertad.

Era libre, sí. Para escoger y también para esperar. Nunca es tarde si la dicha es buena, o eso dicen. Por algo será.



The June. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario