De fantasmas reales e imaginarios
Todos somos plenamente conscientes de que en nuestra
sociedad existe un temor profundo y muy arraigado ante cualquier tipo de
aparición/historia/sensación paranormal.
Siempre nos han dicho que la clave de cualquier miedo se
encuentra en la amígdala. Y todo
parece tener sentido hasta que, una vez fuera del aula 31, la fisiología
cerebral se pierde entre el caminar de nosotros, los autómatas. Los “vivos”.
Probablemente, y no te culpo por ello, tras haber leído las
primeras líneas habrás pensado que los exámenes han arrasado con las escasas
neuronas que se mantenían con vida en mi cabeza y por este motivo me he vuelto
una esotérica descerebrada. En parte, tienes razón.
Yo siempre he creído en fantasmas
igual que creo en la vida y en la muerte. Y no me refiero sólo a los
espectros de una vida que teórica – y quizá prácticamente – caminan entre
nosotros y nos observan, aunque tal acción no sea exactamente recíproca.
También hablo de nuestros propios fantasmas.
Un fantasma, en definitiva, termina por ser la mera metáfora
de un miedo. Un fantasma designa lo que fuimos en el pasado, pero aquellas
cosas de las que, o bien no nos sentimos orgullosos, o bien nunca hemos llegado
a superar.
Y nos persiguen, claro que sí. Se nos aparecen en nuestros
peores sueños para recordarnos que, como buenos humanos, alguna vez hemos
cometido errores.
No podemos verlos, pero los sentimos. Los sentimos porque
los recordamos. Y podemos recordar nuestros fracasos del mismo modo que recordamos
a las personas que en algún momento se fueron dejándonos sólo lo mejor de sí.
Por supuesto, también son nuestros fantasmas.
¿Existen? ¿Y por
qué no? No podemos recorrer el hilo de nuestros pensamientos, ni ver el aire
que entra y sale de nuestros pulmones. No podemos abrazar a la pereza que nos
vigila las mañanas de lunes, ni empaquetar el amor que profesamos hacia las
personas que nos rodean. Y, sin embargo, pensamos, respiramos, sentimos.
¿Por qué no iban a existir los fantasmas? Si la simple
acción de pensar en algo confirma nuestra existencia, de la misma forma aquello
sobre lo que pensamos cobra vida. Y si vive, da exactamente igual si ello
ocurre en el mundo físico o en nuestra deriva mental.
Un fantasma también puede ser un pensamiento o recuerdo
protector. Algo que te hace verdaderamente fuerte, como lo hacía la persona
física que es la fuente de ese pensar o recordar. Y son absolutamente nuestros,
nos enriquecen. El tan extendido miedo no es más que una plaga internacional de
pánico a lo irracional, a lo incontrolable, a lo desconocido.
La pregunta es, ¿realmente
nuestros fantasmas nos son algo desconocido?
The June.
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