jueves, 6 de febrero de 2014

Habla la experiencia.

De fantasmas reales e imaginarios

Todos somos plenamente conscientes de que en nuestra sociedad existe un temor profundo y muy arraigado ante cualquier tipo de aparición/historia/sensación paranormal.

Siempre nos han dicho que la clave de cualquier miedo se encuentra en la amígdala. Y todo parece tener sentido hasta que, una vez fuera del aula 31, la fisiología cerebral se pierde entre el caminar de nosotros, los autómatas. Los “vivos”.

Probablemente, y no te culpo por ello, tras haber leído las primeras líneas habrás pensado que los exámenes han arrasado con las escasas neuronas que se mantenían con vida en mi cabeza y por este motivo me he vuelto una esotérica descerebrada. En parte, tienes razón.

Yo siempre he creído en fantasmas igual que creo en la vida y en la muerte. Y no me refiero sólo a los espectros de una vida que teórica – y quizá prácticamente – caminan entre nosotros y nos observan, aunque tal acción no sea exactamente recíproca. También hablo de nuestros propios fantasmas.

Un fantasma, en definitiva, termina por ser la mera metáfora de un miedo. Un fantasma designa lo que fuimos en el pasado, pero aquellas cosas de las que, o bien no nos sentimos orgullosos, o bien nunca hemos llegado a superar.

Y nos persiguen, claro que sí. Se nos aparecen en nuestros peores sueños para recordarnos que, como buenos humanos, alguna vez hemos cometido errores.

No podemos verlos, pero los sentimos. Los sentimos porque los recordamos. Y podemos recordar nuestros fracasos del mismo modo que recordamos a las personas que en algún momento se fueron dejándonos sólo lo mejor de sí. Por supuesto, también son nuestros fantasmas.

¿Existen? ¿Y por qué no? No podemos recorrer el hilo de nuestros pensamientos, ni ver el aire que entra y sale de nuestros pulmones. No podemos abrazar a la pereza que nos vigila las mañanas de lunes, ni empaquetar el amor que profesamos hacia las personas que nos rodean. Y, sin embargo, pensamos, respiramos, sentimos.

¿Por qué no iban a existir los fantasmas? Si la simple acción de pensar en algo confirma nuestra existencia, de la misma forma aquello sobre lo que pensamos cobra vida. Y si vive, da exactamente igual si ello ocurre en el mundo físico o en nuestra deriva mental.  

Un fantasma también puede ser un pensamiento o recuerdo protector. Algo que te hace verdaderamente fuerte, como lo hacía la persona física que es la fuente de ese pensar o recordar. Y son absolutamente nuestros, nos enriquecen. El tan extendido miedo no es más que una plaga internacional de pánico a lo irracional, a lo incontrolable, a lo desconocido.

La pregunta es, ¿realmente nuestros fantasmas nos son algo desconocido?




The June. 

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