Ya nadie escribe cartas de amor…
¿Qué queréis
que os diga? A mí me encanta escribir. Y, por supuesto, disfruto muchísimo
haciéndolo en este blog para todos y todas los y las que habitualmente lo
seguís. Pero, sobre todo, disfruto mucho escribiendo… ¡A mano!
Y me gusta
escribir cartas. Hala, ya lo he dicho. Esperad, esperad, que las nuevas
generaciones quizá estéis en un momento de shock
porque es posible que entre whatsapps,
tweets, mensajes en Facebook y
correos electrónicos no sepáis de lo que os estoy hablando. Tranquilos.
Debo
reconocer que mi reacción fue harto similar cuando escuché hablar del
pergamino, el papiro, ¡o la piedra! Es impresionante, ¿no? La gente pasaba
media vida cincelando una roca para dejar un mensaje… Cosa que resulta, cuanto
menos, laboriosa.
Desde luego,
comprendo que mandar whatsapps es
mucho más rápido e indoloro que enviar piedras, para qué nos vamos a engañar.
Pero ninguna de las dos cosas alcanza la riqueza visual y emocional que tiene
enviar una carta.
Os voy a
proporcionar un tutorial verbal para que podáis descubrir este maravilloso
mundo. Veréis, para empezar necesitaréis una hoja de papel. Puede ser blanco o
de colorines, depende de tu estado emocional, la formalidad que quieras
expresar, el día de la semana o tu ciclo menstrual.
En ese trozo
de papel vais a expresar con palabras algún tipo de pensamiento o sentimiento
hacia otra persona. Una carta puede ser una declaración de amor o un poema.
Puede ser un mensaje que diga: te echo de
menos. Puede ser una felicitación de cumpleaños o de cualquier otro tipo de
evento en el que quieras compartir la felicidad. Puede ser una purga de
emociones negativas. Puede ser una petición de ayuda. Puede ser el empuje que
haga crecer a tu yo.
Las palabras
son frágiles y vuelan. Cada persona puede comunicar y comunica un sentimiento
de una forma totalmente distinta a como lo haría otra. Y eso es lo que nos
enriquece, lo que nos alimenta.
No solamente
cuenta la forma de decir las cosas como un marcador de diferencias
individuales, sino también cómo lo escribimos. Nuestra caligrafía nos define, y
de una forma u otra, describe sutilmente algunos rasgos de nuestra
personalidad.
A veces nos
comunicamos por escrito con personas a las que nunca hemos visto en persona o
nunca hemos tenido la oportunidad de abrazar. Y, sin embargo, haber leído su
letra nos ha permitido sentirla más cerca, como si estuviera con nosotros en el
momento en el que leemos sus trazos sobre el papel. Por eso, las cartas son
abrazos que se dan con la mirada.
Pero no podemos
enviar una carta sólo mediante el papel. Se perdería, se rompería o incluso, el
contenido del mensaje podría resultar dañado en el trayecto hacia su destino.
Éste es el motivo por el que utilizamos un sobre.
El sobre es el soporte – suele ser también de papel – en el que almacenamos el
papel escrito para protegerlo del posible daño que pueda sufrir. Además, cumple
con una función claramente orientadora, puesto que es en este emplazamiento
donde se escribe la dirección a la que queremos que nuestro mensaje llegue sano
y salvo.
Y, por
supuesto, para que esto suceda es necesario pagar un precio: el sello. Hablamos de una pequeña estampa
que se coloca en la parte superior derecha del sobre, una vez escrita la
dirección, y que permite que el mismo llegue a su destino. El precio, como es
de esperar, oscila en función del lugar de destino de nuestro mensaje, puesto
que no es lo mismo enviar un mensaje a nivel nacional que internacional.
Éstas son
las instrucciones básicas para la elaboración de una carta. No obstante, sobra
decir que esto realmente constituye la estructura física común a todas ellas, y
que es el contenido lo que hace que cada una sea especial y diferente al resto.
Dicen que
para escribir cartas hace falta tener un cierto talento. Yo creo que sólo hace
falta motivación. La motivación de sorprender, de ilusionar, de emocionar. De
hacer algo que a día de hoy es totalmente distinto. De mostrarse de una forma
mucho más cercana y más natural.
Me pregunto
en qué momento empezó a perderse este arte, esta forma de comunicarse. Me
preguntó cuándo el olor del papel perdió su significado o cuándo el aroma y el
color de la tinta sobre el papel dejaron de llamar nuestra atención. ¿Cuándo
dejamos de escribir te quiero de
nuestro puño y letra?
Porque todos
podemos abrir un documento de Word y
seleccionar el tipo de letra que más nos gusta. Todos podemos elegir palabras
bonitas y que suenan bien en un texto cualquiera. Todos podemos escribir en
pocos minutos un e-mail.
La nuestra es una sociedad que vive deprisa, eso es cierto. Pero para lo verdaderamente
satisfactorio deberíamos encontrar siempre tiempo. No quiero decir con esto que
escribir una carta entre en la lista de las cosas más satisfactorias del mundo,
pero es una total y absoluta muestra de amor, del tipo que sea.
Y os puedo
asegurar que la ilusión de abrir una carta de alguien que quieres nunca
igualará la de leer un whatsapp o un tweet de esa misma persona. Habla la experiencia.
The June.
No hay comentarios:
Publicar un comentario