lunes, 17 de febrero de 2014

Habla la experiencia.

Ya nadie escribe cartas de amor…


¿Qué queréis que os diga? A mí me encanta escribir. Y, por supuesto, disfruto muchísimo haciéndolo en este blog para todos y todas los y las que habitualmente lo seguís. Pero, sobre todo, disfruto mucho escribiendo… ¡A mano!

Y me gusta escribir cartas. Hala, ya lo he dicho. Esperad, esperad, que las nuevas generaciones quizá estéis en un momento de shock porque es posible que entre whatsapps, tweets, mensajes en Facebook y correos electrónicos no sepáis de lo que os estoy hablando. Tranquilos.

Debo reconocer que mi reacción fue harto similar cuando escuché hablar del pergamino, el papiro, ¡o la piedra! Es impresionante, ¿no? La gente pasaba media vida cincelando una roca para dejar un mensaje… Cosa que resulta, cuanto menos, laboriosa.

Desde luego, comprendo que mandar whatsapps es mucho más rápido e indoloro que enviar piedras, para qué nos vamos a engañar. Pero ninguna de las dos cosas alcanza la riqueza visual y emocional que tiene enviar una carta.

Os voy a proporcionar un tutorial verbal para que podáis descubrir este maravilloso mundo. Veréis, para empezar necesitaréis una hoja de papel. Puede ser blanco o de colorines, depende de tu estado emocional, la formalidad que quieras expresar, el día de la semana o tu ciclo menstrual.

En ese trozo de papel vais a expresar con palabras algún tipo de pensamiento o sentimiento hacia otra persona. Una carta puede ser una declaración de amor o un poema. Puede ser un mensaje que diga: te echo de menos. Puede ser una felicitación de cumpleaños o de cualquier otro tipo de evento en el que quieras compartir la felicidad. Puede ser una purga de emociones negativas. Puede ser una petición de ayuda. Puede ser el empuje que haga crecer a tu yo.

Las palabras son frágiles y vuelan. Cada persona puede comunicar y comunica un sentimiento de una forma totalmente distinta a como lo haría otra. Y eso es lo que nos enriquece, lo que nos alimenta.

No solamente cuenta la forma de decir las cosas como un marcador de diferencias individuales, sino también cómo lo escribimos. Nuestra caligrafía nos define, y de una forma u otra, describe sutilmente algunos rasgos de nuestra personalidad.

A veces nos comunicamos por escrito con personas a las que nunca hemos visto en persona o nunca hemos tenido la oportunidad de abrazar. Y, sin embargo, haber leído su letra nos ha permitido sentirla más cerca, como si estuviera con nosotros en el momento en el que leemos sus trazos sobre el papel. Por eso, las cartas son abrazos que se dan con la mirada.

Pero no podemos enviar una carta sólo mediante el papel. Se perdería, se rompería o incluso, el contenido del mensaje podría resultar dañado en el trayecto hacia su destino. Éste es el motivo por el que utilizamos un sobre. El sobre es el soporte – suele ser también de papel – en el que almacenamos el papel escrito para protegerlo del posible daño que pueda sufrir. Además, cumple con una función claramente orientadora, puesto que es en este emplazamiento donde se escribe la dirección a la que queremos que nuestro mensaje llegue sano y salvo.

Y, por supuesto, para que esto suceda es necesario pagar un precio: el sello. Hablamos de una pequeña estampa que se coloca en la parte superior derecha del sobre, una vez escrita la dirección, y que permite que el mismo llegue a su destino. El precio, como es de esperar, oscila en función del lugar de destino de nuestro mensaje, puesto que no es lo mismo enviar un mensaje a nivel nacional que internacional.

Éstas son las instrucciones básicas para la elaboración de una carta. No obstante, sobra decir que esto realmente constituye la estructura física común a todas ellas, y que es el contenido lo que hace que cada una sea especial y diferente al resto.

Dicen que para escribir cartas hace falta tener un cierto talento. Yo creo que sólo hace falta motivación. La motivación de sorprender, de ilusionar, de emocionar. De hacer algo que a día de hoy es totalmente distinto. De mostrarse de una forma mucho más cercana y más natural.

Me pregunto en qué momento empezó a perderse este arte, esta forma de comunicarse. Me preguntó cuándo el olor del papel perdió su significado o cuándo el aroma y el color de la tinta sobre el papel dejaron de llamar nuestra atención. ¿Cuándo dejamos de escribir te quiero de nuestro puño y letra?

Porque todos podemos abrir un documento de Word y seleccionar el tipo de letra que más nos gusta. Todos podemos elegir palabras bonitas y que suenan bien en un texto cualquiera. Todos podemos escribir en pocos minutos un e-mail.

La nuestra es una sociedad que vive deprisa, eso es cierto. Pero para lo verdaderamente satisfactorio deberíamos encontrar siempre tiempo. No quiero decir con esto que escribir una carta entre en la lista de las cosas más satisfactorias del mundo, pero es una total y absoluta muestra de amor, del tipo que sea.

Y os puedo asegurar que la ilusión de abrir una carta de alguien que quieres nunca igualará la de leer un whatsapp o un tweet de esa misma persona. Habla la experiencia.


The June. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario