viernes, 21 de febrero de 2014

Historias de amor.

Leonor

Ella. 

Cuando la conocí era mi amiga, mi aliada. Alguien en quien confiar. Siempre fue muy suya y muy mía, un poco de las dos. Pero jamás pensé que me robaría el sueño como llegó a hacerlo.

Ella.

La miraba y me veía reflejada. Lo veía todo, y todo lo tenía, porque estaba en su cuerpo, en su alma entera.

Ella. Simplemente, ella.

Nunca se había enamorado así, ni yo había conocido a nadie igual. Era una conexión distinta, única. Me hacía sentir especial. De repente, llenaba mis días con su mera presencia. Era calma, era tranquilidad y era locura. Era todo lo que era y lo que no era yo.

Me encantaba mirarla, a todas horas. Cuando se dormía, mientras dormía, cuando despertaba. La abrazaba para sentirla cerca, para no perderla. Siempre era bella; siempre era ella.

Y, al tiempo que disfrutaba observándola, me invadía una sensación de certeza absoluta, un vacío. La sensación de saber que, como todo en esta vida, no sabía cuántos de los días contados había invertido ya en contemplarla.

Nada es infinito en esta vida, al parecer. Y quizá fue ese pensamiento el que llevó nuestro amor del infinito a lo finito, de lo incontable a lo contable, de lo paciente a lo temeroso. Convirtió en silencios nuestra voz.

Y se acabó. Terminamos siendo dos extrañas cruzándose por los pasillos de un piso compartido que pedía a gritos la reconciliación que nunca llegó. El amor irracional se había cansado de nuestras evidencias racionales y había cogido la maleta, para dejarnos en la estacada con los pocos recuerdos felices que en aquel momento de rencor podíamos rescatar.

La quería. La quería tanto que dolía cada palabra, cada mirada, cada gesto que me dedicaba, ya sin ser ella.

Y así fue como la vi marchar una mañana. Quizá fue entonces cuando asumí que hacía tiempo que se había marchado, aunque siguiera encontrándomela cada día a diez centímetros de mí. Y que no volvería. Ni yo sería capaz de salir a buscarla.

Pero si hay algo de lo que no me cabe duda, es que nunca olvidaré cómo eran los amaneceres a su vera. Aunque los años consigan borrarla de mi cabeza.


The June.


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