DEPRESIÓN
Sabine siempre se sentía triste.
Y siempre estaba sola. No físicamente
sola, sino que por muchas personas que pudiesen sentarse a su alrededor, para
ella no eran más que una parte extraordinaria del lúgubre decorado de su vida.
Y lloraba. Lloraba como lloran
las nubes del norte en los días de lluvia. También dormía, aunque le costaba
mucho conciliar el sueño y no despertarse cada pocas horas. Pero la fuerza que
sobre su cuerpo ejercía su cama parecía superar con creces la que la gravedad
del mundo había tenido sobre su misma persona meses atrás.
En su alcoba había creado su
fortaleza, sin ser consciente de que convivía plenamente con toda su debilidad.
Allí había refugiado su vena más ansiosa, sus miedos, sus angustias, su soledad.
Al otro lado se había dejado a la alegría, que paradójicamente miraba con pena
el muro que se había alzado frente a sí.
En cuestión de seis meses, Sabine
había perdido a sus padres y había comenzado el proceso de divorcio del que
durante más de veinte años había sido su esposo. Además, su puesto de trabajo
peligraba a causa de la notable recesión económica, y la relación con su única
hija distaba de ser siquiera cordial.
En cuestión de seis meses, el
mundo de Sabine se había desmoronado a sus pies, dejándole sólo una habitación
y un bote de antidepresivos. La doctora le había dicho que inhibían la recaptación de serotonina, o algo parecido. Dios sabía qué podía ser
aquello.
Traducido al castellano del coloquio, aquellas pastillas parecían
tener un efecto caza-sueños, pues de
alguna manera se encargaban de que el componente químico que el cerebro de
Sabine necesitaba para ser feliz, se mantuviera en él.
Ella no era exactamente feliz,
pues el fármaco sólo maquillaba los síntomas de un problema mayor. Los
antidepresivos no tenían el poder de resolver el duelo por la pérdida de sus padres, ni la tensión emocional
acumulada por la separación, ni tampoco el problemático vínculo establecido con su hija.
Cuando yo la conocí, Sabine me
dijo que echaba de menos reír. No la risa propia del posado para una foto, o de
un encuentro para nada fortuito por la calle con alguien a quien, en realidad,
habrías preferido no tener que ver. Quería reír, escuchándose y escuchando al
mundo hablar de cómo sonaba su risa. Decía haberlo olvidado.
Yo le dije que no estaba sola.
Que pensara en todas las personas que le importaban, y a las que pensaba que
ella podría importar. Ambas nos sorprendimos al ver que no era, precisamente,
una lista corta.
Le pasé el teléfono y le aconsejé
que empezara a llamarlas. Que llorase si lo necesitaba, sin temer en absoluto aspectos tan banales como el orgullo o la dignidad. Le prometí que se sentiría mejor, y también todos los demás al poder ayudarla.
No transcurrió mucho tiempo hasta que su hermana y su
hija comenzaron a visitarla a diario. Su hermana Lisa se convirtió en su principal
fuente de apoyo y, con su hija, decidió empezar totalmente de cero. Y sonreía cuando afirmaba que nunca en toda su vida había tomado una decisión mejor.
Asimismo, otros amigos de toda la vida, compañeros de trabajo y familiares a
los que Sabine se sentía especialmente unida empezaron a acudir con asiduidad al domicilio, marchándose verdaderamente satisfechos. Tanto o más que la propia Sabine.
Hasta ese momento, le había faltado abrir los ojos y mirar a su alrededor. Más que abrirlos,
querer ver lo que había. Y entonces, sólo entonces, pudo recordar cómo era una
sonrisa sincera. Olvidar la infelicidad para recuperar totalmente la alegría.
The June.
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